Registrado: 29 Mar 2009, 06:08 Mensajes: 5273 Ubicación: Poring land!! :3
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“Tomad asientos niños, hoy voy a contaros la historia de la mujer más bella del reino. O al menos para mí... Si André, puedes reír ya que se trata de tu querida hermana: Irma Matrat.
Irma, Irma, Irma... Mi querida y amada Irma... ¿Por dónde empezar? Ya soy viejo y la memoria me falla. Quizá olvide algunos datos, algunos recuerdos o algunos detalles, pero su cara, su historia está grabada con fuego en mi mente.
Lo primero que he de decir es que aunque me lo propuse nunca logré olvidarla. Sinceramente, puede ser que nunca quisiera. Y, lo segundo, es que no debéis juzgarla, no debéis tacharla de inhumana o loca. Ella es así y si algo le faltase no sería ella.
Dicho esto creo que puedo comenzar:
Irma Matrat nació el veinte de marzo hace veinte años. Recuerdo que llovía como nunca llovió y ella nos trajo el sol. No hizo falta golpearle la espalda ya que gritó por ella sola a pleno pulmón nada mas salir. Fue la primera de tres hermanos. Su madre Favole estaba realmente contenta de haberla traído al mundo. Su padre, Philip, en cambio, no mucho ya que esperaba un joven apuesto al que poder instruir en el arte de la lucha. El caso es que llegaron al acuerdo en que sería yo el que cuidara a su pequeña pelirroja. A mí no me importó ya que en cuando nació sentí algo por ella imposible de describir con palabras. Unos dicen que es el destino, otros que soy un loco pederasta enamorado de una rosa negra. Sinceramente poco me importa lo que piense la gente, los años que pasé con Irma fueron los mejores de mi vida y daría hasta mi alma por que volvieran.
Aaah, ya me estoy perdiendo en lejanos recuerdos... No me dejeis descentrarme o nunca acabaré ya que puedo pasarme horas rememorando sus movimientos al andar, sus boca abierta al reír o el recorrido de sus ojos.. Otra vez, otra vez, ser viejo es malo, te pierdes en la juventud y ya no sabes como regresar. En fin, sigamos.
Me dieron a la pequeña para que cuidara de ella y fuese su tutor. Ellos apenas la visitaban, por eso yo fui su único padre. Fue una niña feliz hasta los nueve años o por ahí. O al menos eso creo. Me arriesgo a pensar que su problema fue madurar muy pronto. Quizá creerse fea cuando era el ser más bello que uno pueda imaginar. El caso es que cuando cumplió nueve años me pidió ser más delgada y guapa. Yo me reí y le contesté sinceramente que si era más guapa el sol se apagaría y no se volvería a iluminar hasta que la ofreciéramos como regalo. Se enfadó mucho y pasó tres días sin hablarme, no creyó que fuera preciosa y pensó que le hacía la pelota porque la quería. Yo también soy un poco culpable de que sea la persona que es ahora, pero ya dije antes que si cambiáramos algo ya no sería ella. Dejó de comer, bueno, no es que dejara de comer pero tiraba la mitad de lo que le ponía en el plato y en más de una ocasión la pillé vomitando. Le reñí, era la primera vez que le reñía por algo y no se lo tomó bien. Lloró durante ocho días. Decidí que lo mejor sería dejarla a su aire (siempre la consentí mucho) y que ella misma se diera cuenta de que eso estaba mal. Las cosas no mejoraron, empezó a convertirse en una persona celosa y fría que usaba a sus amigos para sus propios fines. Nunca mintió ya que eso es algo que le enseñé desde pequeña y cuando le preguntaba me decía la verdad y no negaba nada de lo que hacía. Necesitaba llamar la atención de todo el mundo y su mente era frágil, yo que la conocía lo notaba pero no sabía como ayudarla. Tenía un gran problema de autoestima, de confianza y a pesar de que se las diera de dura y fuerte cualquiera podía dañarla con unas palabras. Intenté esconderla, cambiarla, ayudarla pero me resultó imposible, ella no me hacía caso y cuando le reñía solo conseguía que le dieran ataques de ansiedad en los que terminaba dañándose. Fue perdiendo amigos y ya nadie quería estar con ella ya que su nueva personalidad no triunfaba, por eso a la edad de catorce decidió taparla, esconderla, camuflarla. Se hizo un nuevo vestido por así decirlo. Volvía a ser una persona agradable y alocada a la que le podías contar cualquier cosa, pero en su interior guardaba su otra personalidad. Gracias a su nueva cara simpática recuperó la fama y a sus amigos, su otro yo apenas salía ya que nadie atentaba contra su dominio. Aún así los celos y la obsesión se mantenían y no dejaba que nadie se acercase a mí. Cuando una mujer me hablaba se convertía en una fiera furiosa que empezaba a gritar y, a veces, incluso a pegar. A los dieciseis su carácter cambió, aunque seguía siendo adorable con la gente otra personalidad se formó. Una mujer sedienta de sexo y ganas de vivir la vida. Tonteaba, ligaba y se llevaba a la cama a cualquier persona que encontrase. Eso me ponía de los nervios y discutíamos con frecuencia: yo estaba enamorado de ella desde que nació aunque le sacara mucho años. Ella también sentía algo por mí aunque no lo decía. Se acostaba con otros y me lo restregaba porque le encantaba verme celoso. Dañaba a las mujeres que estaban a mi alrededor, por aquella época yo mantenía un romance con una vieja amiga y ella lo destruyó. No paró hasta arruinarle la vida y yo no hice nada por evitarlo. Celos, ira, desenfreno, amor, odio, crueldad. Su vida era un va y viene, apenas comía y estaba muy delgada. Un día me confesó en un ataque de ansiedad que anhelaba morirse. Casi me mata allí mismo. Todas las noches lloraba y por el día se levantaba con una sonrisa. Su vida se reducía a fingir, engañar sin mentir y disfrutar. Sabía que cuando no podía más se cortaba las caderas y me frustraba no entenderla, no saber ayudarla. Un día perdí en control, ella ya tenía diecisiete, nos acostamos y le declaré mi amor. Ella me dijo que también me quería, y yo supe que era verdad. Me usó como quiso. Un dí estaba conmigo y cinco no. Me daba celos, me mataba y me revivía. Sabía que lo pasaba mal pero no le importaba. Quería que sufriera lo que sufría ella y yo lo aceptaba. Nuestra relación se volvió lasciva, alocada y peligrosa. Nuestro sexo cada vez era más salvaje. Cuando nos veíamos ya no hablábamos, solo nos acostábamos. Ella se había ido de mi casa y no quería saber nada de sus padres. Vivía en casa del hombre que se tiraba la noche anterior o de la mujer con la que tonteaba. Era un alma libre y sedienta de vivir que se mataba por dentro. Cada día estaba más podrida y no le importaba, deseaba la muerte. De su familia solo quería ver a su hermano pequeño, André. Era al único que quería y respetaba. Cada vez venía menos a mi casa y nuestro diálogo era cada vez menos extenso. La fatalidad llegó un día cuando ella tenía diecinueve años y cuatro meses. Había engendrado un hijo, mi hijo. O eso dijo. No me preguntes cómo pero ambos sabíamos que era nuestro. Ella se negaba a tenerlo y yo le suplicaba que no lo matara. Sé que era joven pero lo anhelaba, lo quería, era algo nuestro, era fruto de nuestra pasión. Entiendo que no quisiera tenerlo, se odiaba, estaba muy débil por la falta de calorías y no creía que fuese capaz de parirlo. Aparte no se veía capacitada para criarlo ya que se iba a morir de un momento a otro y lo que menos quería era que le pasara como a ella, que alguien que no fuera su madre o su padre lo cuidara.
Al mes y medio abortó y desapareció de mi vida. De nuestra vida. Me dijo que se iba porque aquí solo hacía daño (y la verdad es que era cierto, había causado peleas en todas partes, celos y enfrentamientos) y que no se merecía mi amor. No me dijo a donde se iba, creo que fue la única cosa que no me dijo a lo largo de todos estos años. Yo sospecho que se fue al Castillo ese del que tanto hablan pero no puedo estar seguro. Ya ha pasado un año, ahora tendrá unos veinte y estoy convencido de que sigue tan guapa como siempre.
Yo sigo aquí, en el mismo sitio, con la misma gente esperando una señal, una carta, un indicio de que sigue viva. Aunque tengo la certeza de que aún no murió ya que sino me habría enterado, no sé como pero lo habría hecho.
Sé que no puedo volver, que aunque lo hiciera no sería lo mismo, pero yo la sigo esperando, la sigo queriendo como antes y sigo deseando respirar su aroma, tocarla, besarla, abrazarla y fundirme en ella para siempre.
Lo único que me queda es contar su historia miles de veces con la esperanza de que mi estúpida memoria de viejo no borre más detalles. Lo único que me queda es rezar y desear que encuentre la paz y que me recuerde como yo a ella. Lo único que me queda es morir con su imagen en la memoria.
Lo único que me queda...” Contado por Antoine Le Blanc, historia de Irma Matrat. STATS
FUE  RES  VEL  SIG 
Magía  Comabte 
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My heart is free running away with the wind  ¡Vrëe-m’aiayr dáamd’elessahr! "De nethros qran áero abr’áazrám" El Sacrificio
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