Mis pocos recuerdos me llevan a la ciudad de puerto de Luna, donde nací y pasé mi infancia. Mis padres tenían un negocio de carnicería (yo era pequeño y no sabía de donde provenía la carne), y pasaba días enteros entre los animales de corral. Me familiarizaba con ellos al principio, pero un día me levanté temprno y fui al establo, escuché que había alguien dentro, y me asomé un poco.
Lo que vi me traumatizó de por vida: Un rosado cerdo yacía en el suelo, con las extremidades atadas, y mi padres sacó de su cinturón de piel un afilado cuchillo, que
centelleó bajo los matutinos rayos del sol que se filtraban por las betas de las maderas.
El desesperado cerdo chillaba fuertemente, con pánico en sus ojos. Las piernas empezaban a temblarme, mientras que mi padre pasó el cuchillo por el cuello del cerdo, y este hizo los chillidos más intensos y desgarradores que antes. Empezó a brotar un chorro de sangre casi negra, que se hizo muy intensa. El cerdo dejó de chillar, y como último reflejo, revoloteó la pata trasera desesperadamente. Caí inconsciente en el suelo, y no recuerdo nada más de ese último día de mi infancia.
Desde ese fatídico día no me encariñé con ningún otro animal, ni presencié otra matanza, ya que desarrollé cierto nivel de hemofobia, y cierta inquietud que me obligaba a permanecer poco tiempo en el mismo lugar, como si tuviera que encontrar algo sin saber qué era. Pasé el resto de mi infancia explorando los alrededores de mi pueblo, hasta que conocí cada rincón.
A los dieciséis años me independicé en busca de fortuna, con mucho dolor de dejar a mis padres, y acabé yéndome a Fuerte Sirenas. Allí encontré un trabajo de repartidor, con el que fui ahorrando durante dos fatídicos años. El mismo posadero al que le hacía los repartos me dejaba dormir en un establo que tenía, entre un montón de paja.
Me harté de esa vida y comencé un largo viaje entre laderas y montañas, donde me encontré con un grupo y magos a los que acompañé un tiempo. Me instruyeron en las artes del combate y la magia al ver que poseía una fuerza inusual, y luego de unos meses, nuestros caminos se separaron. Con el tiempo logré hacerme con dos espadas
Falchion, bastante pesadas, pero que podía manejar bien gracias a mis entrenados brazos. Entre entrenamientos y batallas ocasionales, acabé haciéndome un experto con estas armas.
Un día, tras varios meses de viajes, el extraño sonido de un ronroneo llegó hasta mí. Seguí aquel extraño sonido, hasta que detrás de un tronco, ví a la mascota de mis sueños, que sería mi mejor amiga. Era una cachorra de pantera negra, abandonada y sin fuerzas. Sus verdes ojos me enamoraron, y no tuve mas remedio que darle algo de los pocos alimentos que me quedaban. Comió con ansia, como si nunca hubiera provado bocado en su vida. Me quede observándola (era una cría hembra) fascinado. Cuando casi iba terminando empecé a irme, pero al rato escuche unos pasos delicados detrás mío. Me estaba siguiendo contenta y alegre.
- ¿No tienes una familia con la que irte?.
- Maugh.
- Estás igual que yo… ¿quieres venirte conmigo?
- ¡Maugh!.
- Vale, pues te llamare… emm… aver… ¡Luna! ¿te gusta?.
- ¡Maugh!.
Le acaricié la cabeza que era como un puño de grande, y seguí camino adelante con un felino negro y de ojos penetrantes a mi lado acompañandome.
El frondoso bosque en el que estabamos empezó a disminuir y ahora era un campo con pocos arboles salpicados. Seguí adelante, pero una voz que provenía de un sitio cercano me paró en seco.
- ¿A dónde vas, joven?.- Preguntó un anciano que aguardaba en el pie de un árbol.
- A la ciudad mas próxima. ¿Usted sabe dónde está?.
- Si, Abnasth. Tienes que seguir en aquella direccion, hasta que un camino de tierra te guíe hasta la ciudad.
- ¡Gracias!.
- Pero… quizás te interese mas un castillo cercano a la ciudad, una especie de escuela de magia y combate. Alguien sin rumbo como tu encontrará allí el sentido de la vida. Que los dioses te acompañen, hijo.
Seguí mi camino con Luna a mi lado. No sabía que era aquel Castillo… Pero iba a averiguarlo.
Contado por KaiSTATS
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Magia
Combate